un blog de viajes a algún sitio

Me han pasado cosas en los aeropuertos que costarían de creer. (No quiero ponerme como Rutger Hauer en Blade Runner… pero podría!). Confirmar con la Interpol si soy un asesino portorriqueño en Eslovenia, o correr por los controles policiales en casi todos los aeropuertos, Schipol, Fiumicino, Frankfurt… porque pierdo los enlaces.

Nada parecido a lo que me ha pasado en Maitequía (Aeropuerto Internacional que da servicio a Caracas, Venezuela). Llegado de Isla de Margarita ya he notado que había mucho control militar, cosa que cuando llegué el lunes no vi tan patente. A las cinco de la tarde he entrado al aeropuerto después de conseguir mi billete para Madrid en una cola de una hora y pagar las tasas aeroportuarias unos 138 Bolivares Fuertes. He entrado por la aduana e inmigración, en menos de 8 metros he pasado las maletas por dos controles de rayos x y un señor me ha sellado mi pasaporte conforme salía del país. He paseado por las tiendas, enviado sms, me he comido un hotdog, he escrito, he escuchado música, he estado sentado… en fin, la vida normal que hace una persona cuando está en un aeropuerto unas tres horas.

Antes de llamar para el embarque nos han invitado ha hacer cola para checkear el pasaporte y ponerle una etiqueta amarilla. Después hemos hecho cola para embarcar, según el código de los preferentes primero, los de las filas de cola después. Un personaje importante del país viajaba en ese vuelo, entró el primero con su família sin nada más que abrazos por parte de un capitoste militar que después desapareció. Creo que esto motivó lo que quiero explicar a continuación.

Pasado el control del billete, ya feliz bajas hacia el finger para entrar al avión. La sorpresa, un control militar a medio camino, que nos ha obligado a ponernos hombres a un lado y mujeres al otro. Algo que me ha parecido raro. En la medida que la cola ha ido avanzando me he dado cuenta que era un control militar en toda regla. Los milicos bolivarianos. Te revisaban, cacheaban y tocaban sin pudor y pedían de nuevo el pasaporte y hacían preguntas del estilo:

- ¿Viaja solo? – si

- ¿Cuantos días ha estado en Venezuela? – seis

- ¿Dónde ha estado? – en Margarita

- ¿Que ha venido a hacer? – dictar un curso de gestión cultural, profesor…

- ¿Qué? – conferencista…

- ¿De que trabaja? – soy Gestor Cultural.

Silencio… gracias a mis respuestas he sido apartado de la cola a un grupo de unas cinco personas, sin mediar ninguna explicación. Éramos tres venezolanos, entre ellos una señora y dos españoles, uno de canarias. Al comentar entre nosotros de forma rápida, me doy cuenta que los cinco, viajamos solos (como muchos otros), vestimos informal (franelas – camisetas). Los ánimos de algunos se exaltan. Se dice que hay discriminación, que es un ultraje… La actitud de la guardia nacional bolivariana roza el tono chulesco. Lo que me hace ver por primera vez que mis manos están temblando, el pasaporte se mueve más de lo necesario en mis dedos.

Nuestra sorpresa sigue en aumento cuando subido todo el mundo al avión nos hacen volver a la terminal. El enfado es general, estamos indigandos y pedimos explicaciones de nuevo. Es en ese momento que me doy cuenta de que todos los militares son muy jóvenes, todos deben rondar los veinte o veintipocos. Me dirijo a la responsable de la compañía aerea para decirle que “estoy muy enfadado, como pierda el avión…” se entera (aunque no se muy bien que hubiera hecho…), la mujer con cara de susto me dice que no lo perderé. Uno de nosotros, un hombre alto de unos sesenta años muy moreno con el pelo lleno de trencitas afro hace el intento de llamar a un general conocido suyo, pero no sirve de nada, es totalmente infructuoso. Andamos escoltados por siete militares hasta la zona de aduna, y es cuando nos dicen que vamos a pasar un control antidroga, un escaner.

Mi temor más interno no es perder el avión ya que han asegurado que no se va sin nosotros, o pasar algún tipo de interrogatorio, mi temor es la juventud de todos los componentes de este grupo de control. Tienen una actitud de seguridad que roza lo irrespetuoso y la media sonrisa de sorna me paraliza.

Al final sin solución de continuidad pasamos por el escaner de rayos x uno a uno, se nos identifica y guarda digitalmente y firmamos analógicamente en un libro rojo conforme hemos dado negativo. Es un escaneado para saber si llevas droga dentro de tu cuerpo. Después quedas libre para volver al avión. Alguno de nosotros se seguia quejando, un chico venezolano, que se movió en el momento del escaneo y que increpó al que parecía que estaba al mando y controlaba el aparato. Este se le rebota y empieza al estilo taxi driver… “me está amenazando…? me está amenazando…?” subiendo el tono de voz. Situación muy tensa que se acaba con la claudicación del chico volviendo a pasar por el escaner.

El hombre de sesenta años les espeta a todos antes de irse “no estropeéis la revolución!”. Los ánimos se calman, pero el chico ofuscado se queda el último porque, evidentemente le van a revisar la bolsa de mano que lleva hasta el forro como premio.

El avión sale con media hora de retraso. Me siento en mi asiento del avión muy enfadado por la situación, poco a poco me voy calmando. El mundo es diferente he de aprender la lección, hay normas extrañas que rigen otros procesos que no puedes controlar. Aunque, si llevaras droga dentro del cuerpo podías pasar sin ser detectado… el problema no estaba en los pasajeros que habíamos entrado en la terminal, el problema está fuera… en las calles venezolanas, eso, ese control fue una cortina de humo.

1 comment

Julio 16th, 2009

2 detalles:
- la edad es la misma que en cualquier país militarizado del mundo, vg Israel
- la llamada del señor peloafro al general amigo: !!!no funcionó¡¡¡ Extraña Dura lex

leave a comment